
El Área de Oncología de Xanit es la respuesta integral de Xanit Internacional al tratamiento del cáncer, con una atención muy especial en el cuidado personalizado del paciente y de su entorno.
El tratamiento del cáncer es una "lucha" generalmente larga y, en la que Xanit área de oncología trabaja permanentemente, garantizando el acceso y el conocimiento de los últimos avances en un campo en continuo desarrollo. Ofrece el máximo apoyo psicológico al paciente y su entorno, facilitando el camino hacia su curación.
En el Área de Oncología de Xanit destacan las siguientes unidades y tratamientos:
Modalidades de tratamiento
Tecnología
Recomendaciones generales para el manejo de los efectos secundarios de la quimioterapia para pacientes en tratamiento con quimioterapia del Área de Oncología Xanit.
Otras recomendaciones generales
En el Servicio de Oncología Médica del Área de Oncología del Hospital Xanit, disponemos de diferentes armas terapéuticas para luchar contra el cáncer, tanto tratamientos clásicos de quimioterapia como los nuevos tratamientos dirigidos contra nuevas dianas moleculares.
La quimioterapia consiste en el uso de fármacos para destruir las células cancerosas. Existen más de 50 medicamentos diferentes para combatir la enfermedad y prevenir el crecimiento, multiplicación y diseminación de las células malignas. Cuando están sanas, éstas crecen y se dividen de forma controlada; sin embargo, las células cancerosas se caracterizan precisamente por el crecimiento descontrolado. Por ello, estos agentes, que pueden emplearse solos o bien combinados, están dirigidos a bloquear esta multiplicación caótica.
Los agentes quimioterapéuticos pueden administrarse por vía oral (en forma de pastilla, cápsula o solución bebible), sin embargo el sistema digestivo no siempre los puede absorber, por lo que puede recurrirse también a inyecciones intramusculares o intravenosas. Esta última es la vía más frecuente, los oncologos pueden hacerlo mediante una jeringuilla, en una vena de la mano o el brazo, a través de la cuál los medicamentos se introducen en el organismo del paciente. Otra opción es el catéter, un tubo flexible que se coloca en una vena de mayor tamaño, donde se mantiene durante el tiempo que dura el tratamiento. En ocasiones, el catéter se adhiere a un dispositivo, un pequeño disco de plástico o de metal que se coloca bajo la piel y que evita pinchazos innecesarios, denominado porta-cath. Para controlar el ritmo de entrada del medicamento en el organismo puede utilizarse además una bomba de infusión, que dispone de un área de almacenamiento para los fármacos. Cuando el fármaco se administra intramuscularmente, los efectos de la quimioterapia suelen durar más debido a que la absorción por los tejidos musculares es algo más lenta. Finalmente, en algunos casos, cuando la enfermedad se ha propagado a la médula espinal o al cerebro, los medicamentos tienen que administrarse directamente en el fluido espinal para lo que hay que recurrir al método intratecal, que consiste en introducir la quimioterapia directamente en el espacio intraespinal.
No son las únicas vías, también se puede emplear una crema o loción directamente sobre la piel, intra-arterial, directamente en el interior del tumor... La dosis y el tipo de fármaco varía según los tipos de cáncer y según la repuesta o situación general del paciente y pueden administrarse diariamente o incluso cada semana o cada mes. Generalmente, se administra mediante ciclos que alternan los fármacos con períodos de descanso que permiten al organismo volver a fabricar células sanas y recuperarse del efecto de la medicación. Los ciclos son fundamentales para el correcto funcionamiento de la 'quimio', por ello es importante respetar bien los horarios y el ritmo, siguiendo las indicaciones de los oncologos. Aunque el tiempo que transcurre entre cada ciclo depende de la naturaleza del fármaco, lo más habitual es que sea entre tres o cuatro semanas.
Algunas personas pueden tomar los fármacos en su propia casa, aunque otras siguen los tratamientos en el consultorio médico o bien en el hospital de día, unas camas que el paciente ocupa sólo durante un tiempo mientras recibe el tratamiento para irse a su casa hasta la próxima sesión. Tampoco es extraño que los primeros días sea necesario permanecer ingresado para que los oncologos observen los efectos de la terapia y puedan ajustar la dosis para cada paciente. Es posible que otros fármacos interactúen con la quimioterapia, por lo que es importante preguntar al médico antes de automedicarse o tomar cualquier píldora. Laxantes, analgésicos, sobres para el resfriado, vitaminas, suplementos de hierbas... consultar antes de seguir tomando cualquiera de estos remedios es fundamental.
La diferencia entre la quimioterapia y las otras opciones disponibles para abordar esta patología, -radioterapia y cirugía fundamentalmente- es que ésta puede usarse de manera sistémica. Es decir, por su propia naturaleza, estos fármacos no se limitan a actuar en un área concreta sino que llegan a diversas partes del organismo, allí donde se hayan extendido las células enfermas.
En función del tipo de cáncer y su estadio, la quimioterapia puede emplearse con diferentes objetivos:
En muchas ocasiones el tratamiento farmacológico se complementa con el uso de radioterapia o incluso se emplea como complemento de la cirugía. En el caso de la llamada quimioterapia neo-adyuvante, los fármacos tienen como misión empequeñecer el tumor antes de que éste se extirpe; por el contrario, cuando la terapia se emplea después de la cirugía para acabar con las posibles células malignas que hayan quedado en el organismo se habla de quimioterapia adyuvante.
Cada fármaco funciona con mecanismos diferentes, de manera que unos son capaces de 'envenenar' directamente a las células malignas dañando su ADN, mientras que otros desencadenan una reacción del sistema inmune para que éste sea capaz de reconocerlas como 'elementos extraños' y ordene su ejecución. En otros casos, la actividad o reposo de las células enfermas depende de su reacción a las hormonas que produce el organismo humano naturalmente. En este caso, el fármaco se dirige a anular los efectos de las hormonas del paciente.
Los agentes empleados en las terapias oncológicas pueden dividirse en varias categorías en función de cómo funcionan y cómo afectan a las células malignas. Conociendo en qué momento del ciclo celular actúan y qué actividad concreta bloquean para frenar la multiplicación de la enfermedad, los científicos pueden decidir qué fármaco actuará mejor sobre cada tipo de tumor, si deben combinarse varios de ellos para lograr una mayor eficacia, si se puede emplear conjuntamente con algún otro tipo de medicamento e incluso cuándo debe administrarse para lograr el efecto deseado.
Las tres principales diferencias que separan la quimioterapia tradicional de los nuevos tratamientos moleculares contra el cáncer son:
El modo tradicional de encontrar nuevos fármacos contra el cáncer ha sido muy poco sofisticado. Existen equipos de "cazadores de sustancias" que, literalmente, peinan la tierra en pos de nuevas sustancias químicas. Cualquier origen es válido: plantas tropicales, minerales de las cuevas más profundas, animales del fondo marino. Obtenidas por miles, la inmensa mayoría de esas sustancias se desechan de inmediato; unas por ser demasiado difíciles de conseguir, otras por descomponerse rápidamente, algunas por no resultar solubles en agua, o por parecer claramente tóxicas debido a su composición. A continuación, se averigua si las moléculas restantes tienen propiedades anticancerosas. Inicialmente se empleaban ratones de laboratorio y, más recientemente, células malignas en cultivo. Sólo alguno de entre miles de compuestos químicos recolectados supera esta prueba y se convierte en un candidato potencial a quimioterápico. Aun así, la gran mayoría de ellos no llegan jamás a convertirse en medicinas útiles.
Si los agentes tradicionales contra el cáncer se 'encuentran', los nuevos medicamentos moleculares se 'fabrican'. Lo que aquí se trata de hallar, el punto clave de todo el proceso, es la 'diana molecular' contra la que queremos apuntar. Los investigadores del cáncer estudian, primero, tratando de reconstruir toda la sucesión de acontecimientos que conduce desde la célula normal hasta la cancerosa y, luego, buscando los puntos flacos, los talones de Aquiles de ese proceso. Puede que se trate de una sustancia que la célula cancerosa necesita para multiplicarse; o del sensor que la reconoce; o de una proteína que sirve de mensajera, informando al ADN de que tal sustancia está presente; o de un gen que se ha quedado 'atascado', funcionando permanentemente, cuando sólo debiera hacerlo bajo circunstancias muy estrictas; o de un sistema de seguridad que la célula tumoral se las ha ingeniado para sortear.
Una vez elegida la diana, decidido qué es exactamente lo que queremos hacer, el fármaco adecuado se crea en el laboratorio. Por ejemplo, si el punto más débil es un sensor celular, que 'percibe' la presencia de una sustancia de tipo hormonal, podríamos diseñar una molécula, parecida a la propia hormona, que se fijara al sensor, inactivándolo; una especie de "silicona dentro de la cerradura.
Los métodos clásicos de búsqueda de agentes contra el cáncer son demasiado crudos, demasiado groseros. Se basan en sistemas de células que se multiplican rápidamente y, por tanto, no son capaces de identificar otras sustancias que las que interfieren en la multiplicación de las células. Es cierto que la división celular acelerada es una característica esencial del cáncer, pero en absoluto la única.